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LA 'SEGURIDAD' SIEMPRE
LLAMA DOS VECES...;
Y LOS ORICHAS TAMBIÉN
Novela de Ricardo Menendez

Ediciones Universal, 1997

Párrafos


Del capítulo 1

(…) Nadie hablaba y yo no sabía ni hablar, perdido en mis sentimientos y repleto de miedos; al fin estaba en el mar, más allá del segundo beril, con Cuba a mi espalda, temblando de miedo, frío y hambre...; saliendo al fin de ese hueco y de mis miedos, y con mi pasado desprendiéndose al huir como una serpiente en muda.

Huía... Huía de todo; huía del remolino cambiante de un país hipertenso, como decía mamá; y también huía de mis miedos ocultos. Huía de una jovencita embarazada, enloquecida de miedo ante un padre comunista, premiada en un coito soñoliento y descolorido tras cuatro horas de espera frente a una posada sucia; y huía de los trajes arreglados de parientes exiliados, de calzoncillos hechos de cortinas descosidas y de medias rezurcidas de abuelos moribundos.

Huía del hambre, del hambre real y del hambre mental, de la necesidad insobornable y de la obsesión implacable. Huía de las croquetas de macarrón, las albóndigas de arroz, los medallones de pan, la harina hervida con espinas de cherna y los caldos de pellejo de gallina, el consomé de piltrafa y los sopones de choquezuela recocida en la salsa de su propia gelatina.

Huía de la bolsa negra, actividad absorbente y creciente, peligrosa y seductora, que lo penetra todo y de la que nunca te libras; complicada por la hipocresía de los militantes del Partido que fingen despreciarte por gusano pero que sus esposas y madres te buscan a escondidas para llenarles el buche rojo con frijoles doblemente negros; y también huía de los interminables viajes al Parque Lenin para tomar leche como un ternero en ceba.

Huía del miedo total, y huía además del aburrimiento y el absurdo de un país artificialmente en pie de guerra permanente. Huía de una Cuba reinventada con espejos europeos pero que preservaba, aumentados, sus peores defectos. Huía de esa sociedad de "hipocresía o muerte" en que la vida se deshace entre el miedo constante y la fatiga inútil bajo el envilecimiento creciente de querer ser honesto en un juego trucado donde la honestidad es selectiva, retorcida, en el fondo circunstancial, y siempre peligrosa.

No lo sabía muy bien aún pero también huía de mis padres, de mi niñez solitaria, de mis barrenillos y miedos recurrentes; y de los cubanos: de las discusiones interminables sobre las nalgas de las mujeres, la importancia de la virginidad y el largo de la verga.

Huía del estrujón que llamamos abrazo, del choteo y la broma que nos protege de la mediocridad, de las conversaciones simultáneas polichillónicas y del énfasis recargado al hablar porque no sabemos dónde van los pronombres en las preguntas.

Quería huir de todo lo cubano, venido a lo peor bajo esta tiranía que todo lo invade; quería irme para siempre de esta isla de mierda, calurosa, estrecha, indolente y ruidosa, poblada de héroes instantáneos, devotos en noche de truenos y tiranos en ciernes.

Quería alejarme de quienes hasta ese momento habían sido los míos, mi gente, hundidos hasta el cuello en ese juego de caretas que los lleva a renegar en la cocina lo que aplauden en los balcones; país de hipérbole y jarana, con una historia nacional plagada de fracasos y un miedo atávico a la libertad -como si el país estuviera aún poblado de esclavos: los últimos americanos en independizarnos y los primeros en lanzarnos de barriga al comunismo con aro, balde y paleta.

En fin, estaba huyendo de todo y de todos, incluyendo la ley, pues me habían detenido dos semanas antes con tres libras de queso de chiva y una libra de café en grano escondido todo en una bolsa remendada y sucia que había pertenecido a una de mis abuelas...


Del capítulo 3

(…) Vibraba con repiques de Domingo de Resurrección e intercalaba de forma arbitraria lo que veía y lo que recordaba desandando mis itinerarios con soltura e insolencia al descubrir, con miedo, que yo había visitado Miami en penumbras porque todo me era nuevo y a la vez simétricamente familiar como si yo acabara de llegar y al mismo tiempo hubiera estado aquí desde que este rincón de la Florida emergiera del fondo del Atlántico cargado de arena, moluscos y peces asfixiados de oxígeno.

Durante muchos años esta ciudad había sido el centro de mi vida pues todos los cubanos, quiéranlo o no, terminan viviendo en Miami, física o mentalmente, último refugio contra la disolución sigilosa de la identidad nacional. Todos los cubanos saben que Cuba está en salmuera en Miami con todos sus defectos, virtudes y la prolongada inconsistencia de nuestras lealtades encontradas. No sé bien cuántas veces ni durante cuánto tiempo, en melancolía y en euforia, me refugié en mi Miami imaginario para recuperar confianza y fe porque Miami incrementa su legitimidad con cada día de deterioro y locura en Cuba.

Estaba cruzando en silencio religioso las calles de Miami con el fervor de un mahometano enloquecido en su primer viaje a la Meca sabiendo además que Miami ha estado siempre de posta, como primer y último recurso, incompleto sin mí y aún más incompleto conmigo dado que cada nuevo peregrino alimenta la vocación de esta ciudad de abrazar a todos los cubanos, los vivos, los muertos y los pendientes. Como esposa cansada que todo lo perdona, Miami espera por la reconciliación final de todos los cubanos pródigos quienes tras largas noches de ronda desvariada se rendirán finalmente ante esa Cuba de la que tanto han renegado y al mismo tiempo añorado, preservada a cal y canto en la casa solariega de los indios Tequesta.


Del capítulo 7

(…) Al entrar, alguien estaba hablando por teléfono en la mesa de la cocina e Iraida cocinaba chicharroncitos en bata de casa. Con cierto desgano me dijo "mira Vicente, éste es un pariente de mamá y buen amigo mío. Vive en Naranja, ahí en la yuesguán, antes de llegar a Jomsted. Es como un tío"...; y antes de que terminara el "tío" ya el personaje estaba de pie, estrechándome la mano con cierta autoridad, al tiempo que dejaba el teléfono sobre el refrigerador.

Era alto, al menos más alto que yo, de unos 40 años, y peinado para atrás, con el pelo bien cortado de forma tradicional, a lo Gardel, diría yo, pero sin brillo. Vestía guayabera panameña de primera, de mangas cortas, y un pantalón de mezclilla azul ajustado de la rodilla para arriba.

Usaba mocasines negros con medias del mismo color y en la muñeca izquierda le colgaba al descuido un Rolex Presidente que marcaba las siete y algo, y que me recordó a los operativos de la Seguridad en La Habana. Es más, toda su indumentaria de guayabera y jean con zapatos deportivos me recordó el uniforme informal de los operativos del aparato; y la evocación fue fugaz, evasiva y desagradable, muy desagradable.

Me hizo mil preguntas de mi vida y de Cuba, y me pareció bien informado, sazonando mis historias con comentarios inteligentes y prudentes que me daban pie a más recuerdos. Me preguntó sobre nuevos cohetes soviéticos en Cuba y se interesó además por las zonas que yo recorría en Pinar del Río en mi trasiego de carne de puerco pues Pinar seguía siendo la mejor opción para los rusos si volvían a instalar cohetería nuclear en Cuba, dijo.

Asimismo, fue marcadamente discreto en sus preguntas pero al mismo tiempo insistente y sólo abandonaba un tema si realmente yo no tenía nada más que decirle o él notaba que a todas luces me irritaba la insistencia. Sabía preguntar.

Como a las diez, y con la mitad de las cervezas vencidas y dos visitas al baño por cabeza, entramos en otros temas, como Angola, del que yo desconocía casi todo. En Cuba llegué a saber algo, y de primera mano, sobre la participación cubana en Angola, pero desconocía la amplitud y la persistencia del empeño.

Seguía hablando de Angola y Sudáfrica y de las tropas cubanas, y yo estaba fascinado con aquellas informaciones todas nuevas para mí como si yo hubiera vivido en otro país muy distante. Y mientras él hablaba yo pensaba que nada de eso se discute en las universidades cubanas ni en las reuniones del Partido ni de los Comités.

No obstante mi silencio, no se rendía. Después de la segunda ronda de chicharroncitos pasó a otro tema y me preguntó si en Cuba se consumía drogas entre la juventud y si yo había visto en Cuba cocaína o marihuana.


Del capítulo 10

Yo hice algunas preguntas y él me dió algunas respuestas y lo interesante para mí fue no sólo conocer algo de las variedades de eso que llamamos Santería en Cuba sino las intransigencias, sectarismos, controversias y polémicas entre los fieles de los diversos cultos; "pues no todos son como abuelo, que sumaba", me dijo; y me habló de herejes, apóstatas, cismáticos y renegados enfrascados en un trapiche de ritos que no tenía nada que envidiar a las más enconadas trifulcas teóricas de los marxistas europeos o para el caso de los monjes medievales y sus innumerables debates en torno a los retruécanos más rebuscados del alma humana.

Facundo hablaba instalado en la Santería pero trenzaba diferente porque tenía perspectiva de minoría y las minorías siempre cuentan diferente el cuento de todos. A veces las versiones de las minorías son tan distantes que no sólo son cuentos distintos sino que coexisten separados e intactos moviéndose en dos planos diferentes y ensimismados como un ciego mirándose al espejo. Espejo, por otra parte, en que yo no me veía reflejado de manera alguna.

Esos temas me llevaron a la trama privada de Facundo, al complejo andamiaje de su vida en que un hondo río alimentaba facetas muy ocultas de una existencia forjada en secreto y alimentada de secretos, hundida y vivrante, cargada de símbolos y blasones que él vivía con la intensidad y la pasión de un descendiente actual de los Habsburgo enquistado en las glorias pasadas y confusas, reales o imaginarias, de héroes perfectos.

Con marcada gravedad me dijo: "Mi vida es varias vidas y yo todas las vivo como una aunque la arteria más gorda viene de mi abuelo, Gregorio Alvarez, Gregorio Kutunda para nosotros. Mi abuelo fue un santo, Vicente, palero, monina y santero; tata enganga, isué y babalao, tronco y ceiba, fuerza de moderación entre muchas Potencias, y fue el Iyamba de Iyambas que preparaba el mejor mokuba del lado de acá del Charco y supremo rascador de cueros santos, fragayador único del mejor Ekue de Cuba que sólo tocaba con yines de Biafra. Mi abuelo hablaba lengua, raya'o en Regla cuando se firmó el Zanjón y que juró plaza en el Baroko Ninyao más grande de La Habana, el concilio de cardenales ñáñigos más completo de Cuba, ocurrido a orillas del Almendares un Sábado de Gloria".

Y con lenta reverencia me dijo: "Y Abuelo fue discípulo directo, en santidad y sabiduría, de Andrés Facundo Kimbisa, el Santo, Padre Enganga y fundador de Potencia, fundador de la primera religión cuajada en Cuba".

Estaba un poco extraño, como si hubiera bebido pero sin aliento cómplice, y a veces no podía controlar la mirada y se le iba como si estuviera persiguiendo gaviotas en una puesta de sol. Se extendió algo en las cosas de los lucumís y los carabalís y me nombró más diferencias entre ellos que las que yo conocía entre un sueco y un mejicano, y siempre regresaba al abuelo y al tocayo. "Facundo Kimbisa murió en 1889 y fue un patriarca independiente que creó un nuevo rito cubano de una intensidad religiosa muy fuerte. En otra época Kimbisa hubiera ocupado las más altas posiciones en el santoral mayombe"; y soltó otra palabrota, el Kimpúngulu o algo así.

Y me dijo: "Yo me llamo Facundo por Andrés Facundo, quien fue además el primer isué en aceptar blancos en una potencia abakuá, cinco años antes de que Céspedes se alzara en La Demajagua...; y mi abuelo Gregorio conoció y siguió muy de cerca a Facundo y fue uno de los primeros en sentir su aché, entender su doctrina y seguir sus prédicas..." Y yo notaba como hablaba del abuelo, y sobre todo del primer Facundo, con un tenso fervor interno como hubiera hablado Gonzalo de Quesada de Martí o Eliseo Diego de Lezama Lima.

(…) El viaje se me hizo largo por el tráfico y tuve tiempo para pensar en la conversación con Facundo, en su mundo, en su Cuba. Tengo que reconocer que me atraía el tipo, me gustaba hablar con él, es decir, oírlo. Facundo sabía cosas de Cuba que yo no sabía y hablábamos a veces de dos países muy diferentes en que todo tema adquiría un giro nuevo y brotaban cosas para mí absolutamente desconocidas como si habláramos de una misma película de la que yo sólo hubiera visto la versión para la televisión y él hubiera visto no sólo la original sino todas las tiradas previas a la edición definitiva.

¿Quién vivía en la Cuba real y quién en la apariencia? ¿Cuánto de mi historia era cuento y cuánto de su cuento era historia...? Me jodía que un negro me enmendara la plana sobre mi propio país y me completara la historia recurriendo a la versión que según él yo no había visto porque "los blancos miran pero no ven" -la frasecita me volaba. Pero por otra parte, ¿hasta dónde llegaba mi miopía histórica...?, pregunta que me hacía ya en esa época, y aún me hago, sin tener todavía respuesta.

… y cansado de negros, ñáñigos, brujos, pociones, caracoles y esclavitud corrí hacia la casa de los tíos como una liberación. Estaba contento, entero, alto, grande, inmenso, tocando las nubes con los dedos, repleto de este Miami divino que más que una ciudad era ya mi casa, una casa abierta con ventanas sin pestillos, puertas sin hojas y alcobas sin paredes, todo continuo y acogedor, un todo absorbente que me enfundaba sin abracarme mientras yo me dejaba querer para fingir cordura.

Me aparté de los express ways para disfrutar la ciudad y subí por Le Jeune contemplando con orgullo el letrero de la Eastern como si fuera mío y como si fuera a estar allí para siempre, y al llegar a la Calzada de Poinciana tomé izquierda para pasear por Miami Spring todavía gringo, apacible, recogido, quieto, y crucé finalmente el canal por el gracioso puentecito que dá a la Avenida Cuatro de Hialeah.


Del capítulo 22

Recuerdo que la mañana estaba iluminadísima, saturada de un sol joven e impetuoso que mantenía las tinieblas a raya en medio planeta. No se veían prácticamente nubes y el mar regalaba un azul brillante que hería los ojos con una intensidad que duraba varios segundos después de cerrarlos. Fundido en aquel momento me sentí extenso como el mar y también transparente, sin secretos míos y extraordinariamente confiado, repleto de certeza y muy seguro. Esos momentos dejaron la huella de más honda intensidad de ese día, día a su vez recargado de experiencias intensas.

Sentado en el techo veía clarito el fondo del mar, a más de 50 pies bajo el bote, y los peces se desplazaban con una elegancia jamás igualada en tierra por animal alguno. Todo era muy apacible y el mar invitaba a bajar y a disfrutar de la extraordinaria paz del silencio marino que para tantos, en todas las épocas, ha sido el silencio definitivo.

De las altas nubes al lecho del mar la visión era completa, nítida, inmaculada y podía verlo todo sin ninguna distorsión apreciable como si todas estas playas fueran una extensión de Varadero del cual guardo recuerdos muy agradables obtenidos en momentos muy diferentes de mi vida.

Para mí Varadero es Camarioca. Para muchos cubanos Camarioca fue la puerta de salida de un infierno en expansión que todo lo abrasaba en crueles segundos pero para mí fue la puerta de entrada a una de las etapas más significativas e intensas de mi vida.

Fui uno de los primeros jóvenes en unirme a la Campaña de Alfabetización, gracias a las subrepticias gestiones de papá para adelantársele a mamá. Y los acontecimientos me llevaron a Camarioca, el gran centro nacional de aquella operación destinada a hacer asequible la palabra escrita a decenas de miles de entendederas adultas con la oculta intención de ponerlas a leer frases cargadas de un sectarismo nuevo e insaciable.

Yo no lo vi entonces así y me entregué a la tarea con toda la energía de los sueños redentores. Por ello Camarioca descuella aún en mi vida como una época llena de generosa entrega en que quise de todo corazón devolver a mi pueblo lo que de mi pueblo había recibido en preparación ejemplar. Disfruté profundamente la maravillosa idea de poder saldar mi deuda de joven urbano privilegiado dándole una utilización social a mi buena instrucción.

Entendí y quise poner al alcance de muchos lo que yo había podido adquirir apaciblemente en años de continuada e ininterrumpida instrucción escolar en las escuelas públicas urbanas de la Cuba pre-revolucionaria; escuelas en que por otra parte se había instruido y formado gran parte de los que querían en ese momento destruirla.

Pero la Alfabetización no fue sólo Camarioca, lamentablemente. Tras las apacibles jornadas iniciales rodeados de las limpísimas aguas del norte de Matanzas vinieron semanas de increíble tensión y recelo al quedar destacados muchos de los alfabetizadores en la zona sur de Las Villas en aquellos años de aguda efervescencia guerrillera. Tras Camarioca vino Topes de Collantes, en el Escambray, y las asignaciones a zonas de labor impregnadas de rebelión. Y en Topes topé de bruces con uno de los más oscuros capítulos de la revolución cubana.


Del capítulo 12

(…) Mercedes está buriri, está llena de vida y de fuerza y todo se le somete. Revienta de tanto aché y se confía mucho; vive en las palmas porque todo le sale bien y no modera. Perdió el miedo y ya no prevé ni piensa; sólo actúa, y cree que Obatalá le va a sacar siempre las castañas del fuego pero está equivocá' porque Obatalá no es Abasí, no es Dios, es sólo un empungo que no más vuela de día. Y por eso gasta todo lo que le entra y no ahorra. Para ella ahorrar es falta de fe, figúrate..."; y yo, lo confieso, desconecté porque se me tupieron los tragantes y no lo podía seguir.

Un poco cansado lo corté sobre lo brusco al decirle: "¿bueno, y qué pasó?" Respiró hondo y le salió algo confuso envuelto en un español que empezaba a desalmidonarse: "Ella es guarachera y santera, pichón de lucumí y siempre tira pa'los suyos. Yo no; yo abanekue, de palo y potencia conga, hijo y nieto de obones, raya'o en Carraguao a lo'jonce años, y ella me quiere someter en tó' y yo no puedo navegar siempre a su antojo porque mi ensala –mi alma– es limpia". Y rascándose una axila me dijo: "yo no quiero arrastrar más cadenas. Aquí arrastramos todavía las cadenas de Cuba donde los lucumís mayorearon siempre, y se creían diferentes, mejores, y éramos to'os la misma mierda, esclavos".

Y agregó, con un español más frágil aún: "Mercedes me quiere sumiso en la cama y enel ilé –la iglesia–, y en la cama no m'importa pero fuera e'distinto. Ella noé'ná'pá'mí, noé' Nakasola, no sabe ná'; é'juna improvisá' que explota el vacío de los blancos de aquí que nunca han esta'o lejos de su mamá y les da calambrina cuando creen que se van a morir aquí y los van a enterrar a tó'oos en el cementerio de Flager; y tienen miedo, mucho miedo, y ahí ella'provecha...", e hizo una pausa larga. "Yo no soy afia; a mí no me pué' manejar como blanco; no tiene mendó pa'eso. Yo sé lo que ella sabe y lo que ella no sabe. Yo soy distinto, mi abuelo era cachorro de carabalí y su padre vino viejo de África, ya hecho, y había visita'o lugares, y los carabalí'siempre hemos esta'o en el medio y sabemos má'. Sabíamos má'jallá en África y también en Cuba. Ya yo soy quien soy y lo mismo vivo en Bahía que en NiuOrlín que en Jayalía... Ella no me pué' manejar a mí como maneja a los afia, a los blanquitos", me dijo a forma de concesión.

Hablaba consigo mismo, aislado, rumiando un tema que parecía que le brotaba natural, sin esfuerzo, solo. Antes de que nadie dijera nada me dijo: "Los abakuá'...; ...nosotros no somos acepta'os del todo por los mismos negros y no todos los babalaos nos toleran... Es una historia larga que no estoy pa'l paso ahora pa' contártela....; los nuestros vinieron de otro lugar en África, y somo' la minoría repudiada, como los judíos negros de Etiopía..."

Y yo le dije, "que es eso de repudiados; no son todos santeros, no creen en lo mismo, no siguen lo mismo...". Y me dijo "depende de quién pregunte y pá'qué pregunta... Si lo miras como afia, todos somos la misma cosa: venimos de África y pá'los blancos África es un corral de negros sin pasado ni variedad y tó'oos somos iguales: creemos en muchos dioses que son fuerzas locas que sólo los negros entienden y les damos de comer comida de verdad y beben con nosotros y tienen vicios y pasiones, como nosotros; y los mismos vicios y pasiones de los orichas lucumís los encuentras en los empungos congos y carabalís. De fuera tó' parece lo mismo...".

Y como en un monólogo agregó: "y eso pasa en tó'oos la'os: para un budista no hay diferencia entre un católico y un evangélico; pero se diferencian y se odian y antes se mataban. Para los católicos tó'oos los musulmanes son iguales, y no es así. Y podemos seguir un buen rato. Nosotros no somos tó'oos iguales; tenemos sectas que las llamamos 'reglas' y 'palos', y hay muchas diferencias, que parecen menores, pero las hay; y tras esas diferencias, hay historia vieja que viene de África pues no todos los negros son víctimas inocentes en este cuento y en África hubo esclavitud ante'que llegaran los blancos. En definitiva los portugueses no entraban constantemente en África para robar negros sino compraban suavecito en la costa los negros ya esclavizados vendidos por otros negros libres que después también cayeron o cayeron sus nietos; y hubo caciques yorubas, orgullosos y con oro hasta en el blanco de los ojos, que consideraban inferiores a los congos pero después terminaron cortando caña en Oriente y tuvieron que pedirle favores a la negra conga que criaba a los hijos del amo y que en África no hubieran ni mira'o... Y hay rencor, odio, envidia y tó'. Y sobre eso, las mierdas nuestras, lo cultiva'o en Cuba durante la colonia y las guerras de independencia. Hubo momentos en que grupos enteros de negros se odiaban entre sí y durante la colonia cabildos de negros utilizaron sus relaciones con los blancos para aplastar a naciones negras rivales, y el apoyo y la oposición a los españoles pasaba por nuestros odios..."

Yo no supe qué hacer ni qué decir porque primero tenía miedo y después mucho más miedo. Me quedé quietecito esperando que entraran por algún lugar legiones de diablitos negros comiendo quimbobó crudo en cucuruchos de colores pero no pasó nada y Facundo se calmó, y yo recuperé lo que tenía que recuperar para decirle "bueno, ¿y cómo puedo ayudarte entonces?".


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